Finalmente
topé con él. Ladrillos de naranja pluma y piel acartonada. Hospicio de verano
en un cielo condensado por la oscuridad de la noche.
Abrí
la puerta desesperadamente como si tuviera un asaltador apuntándome con un
revolver en la sien. El vaho de las ventanas parecía estar disecado por la
soledad inminente de aquel ambiente estremecedor. Camine un par de pasos a la
derecha, tres al frente. Me detuve.
Tan
solo había estado trece años en coma, y la vida había vuelto a girar. Sentí un
nudo en la garganta, tenía ganas de vomitar los años perdidos y volver a
empezar. Quería estar con Gabriel. Enlazar mis manos en su cuello y vivir así
para el resto de mi vida. Como en al foto, cuando aún me amaba.
Los
años en el hospital pasaron en vano. Mi semblante vegetativo dejó de
impresionar a Gabriel.
Antes
del accidente vivíamos momentos de dictadura, donde la política de ley
manipulaba la expresión. La excentricidad sociológica que acontecía a
principios de los años 70, convivía con una ya más relajada autarquía, antagonista
contra la “gauche divine”.
Gabriel
y yo, éramos portavoces de un grupo revolucionario que presumía de airear una
ideología marxista revolucionaria, acompañada de un ligero y exacerbado anarquismo
“Bakuniense”.
Habíamos comprado un pequeño estudio en Rosellón, pestaña de una Barcelona cuadrática, y lo habilitamos como centro de reunión de amigos e intelectuales, cafés contenciosos de sabiduría, ambiente de posguerra. Colita, Tusquets, Regás y Gabriel maquinaban el golpe a la revolución cultural de forma sigilosa, dialogaban de católicos y marxistas mientras cocinaban steak-tartar.
Habíamos comprado un pequeño estudio en Rosellón, pestaña de una Barcelona cuadrática, y lo habilitamos como centro de reunión de amigos e intelectuales, cafés contenciosos de sabiduría, ambiente de posguerra. Colita, Tusquets, Regás y Gabriel maquinaban el golpe a la revolución cultural de forma sigilosa, dialogaban de católicos y marxistas mientras cocinaban steak-tartar.
Me
consideraba una mujer fresca de mente, con un odio horrible a la maxifalda y
una habilidad extrema para comentar mis partenaires sexuales con aquellos que
lo desearan.
Había
llegado el momento. La tristeza aún sacudía mi rostro pero los pensamientos se
fueron calmando. Trate de sanar mi conciencia, pero no supe. Quería ir al
estudio, pero no llegué.
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